Día de la mamá pato: breve historia de un embarazo

abril 30, 2016 0 Comentarios

Día de la mamá pato: breve historia de un embarazo

La primera noticia que tuve de Roc, fue predictor en mano, y a menos de 20cm de la taza del vater. Os habéis dado cuenta de que a la mayoría de las mujeres, nos dan una de las noticias más importantes de nuestra vida en el lavabo? Por eso tendemos a querer llenar el resto de nuestra existencia de glamour... Tenemos mucho que compensar.

Pues eso, desde un jeroglífico en una proveta de plástico, hasta hoy que sigue sin hablarme (pero que almenos me grita) han pasado un montón de escenas que me dan un poco de risa, y me parecen tan dignas de ser relatadas como otras llenas de esa perfecta maternidad que se olvidó de pasar por mi casa.

La taza del váter fue mi primer momento como madre, y empecé mal, me puse a llorar como una cria porqué el susto era tremendo, y lo único que pude mascullar entonces fue: necesito un cigarro. Aquí el de las semillitas, quién siempre está ahí para ofrecerme consuelo, y ayuda cuando no llego a los briks de sopa que guardo demasiado arriba en el armario, también manifestó que necesitaba un cigarro, y me informo al fresco de la brisa que dejó su estela por el camino hacia la puerta, que se iba a una farmacia a buscar otro test. Ahí empezamos a ser padres.

 Los tres primeros meses me los pasé básicamente alternando dos estados: durmiendo en el sofá y durmiendo en la cama. Jamás en mi vida había dormido tanto! Era una espécie de osa a quién las hormonas habían vuelto narcoléptica; quizás para aminorar el mono de nicotina.

Nunca vomité, si a caso una vez, pero puedo garantizar que los 42 kilos que subí en nueve meses fueron suficiente martírio, y si alguna se está preguntando que si me comí al repartidor del telepizza... No amiguis, para mi desgracia incluso pasé semanas a base de lechuga, pero eso es otro capítulo a parte, y quién inventó el límite de caracteres en Instagram, estaba pensando precisamente en evitar a gente de mi especie.

Pasé lo del síndrome del nido, que ahí como en muchas otras cosas se quedaron cortos con la narrativa, porqué eso es un TOC en toda regla. Aún me acuerdo de estar tirada en el suelo, yo con mi sistema solar incluído, intentando poner orden en la caja de tornillos... Tacos de 6, del 8, del 10, cabeza plana, estrella, redondos... Una loca en toda regla. Además una loca con patitas de paquidermo, porqué al final no podía ni meterme en mis bambitas nike, y tuve que comprarme unas horripilis exagerantium para salir del paso en una de esas tiendas, a las que solo entrarías si pretendes ir a Salou y pasar por guiri.

En fin, que después de mucho leer, y planificar, nos iremos directas en este viaje narrativo al día del parto, y así de paso recupero a las que se han quedado catatónicas un par de párrafos atrás con lo del pizzero... Chicas, estar informadas es bien, pero haceros un favor: no se planifica lo que no se puede controlar.

Mi doctora pretendía agendar el nacimiento de mi bollito el dia 28 de diciembre, y yo le espeté: - Estás de coña?! ? y tras buscar en su calendario acabamos decidiendo que el 29 por la noche ingresaría. Tras un tacto, la vía, prostaglandinas y la tercera noche con el mismo sueño que un ave rapaz, a las 7:00 am irrumpió en nuestro cuarto el "escuadrón de la muerte" que es como cariñosamente les apodamos Uri y yo. Dos mujeres y un caballero, que quiero imaginar eran sanitarios, pero que por el dar palmas e intentar desvestirnos con pseudo-violéncia (a ambos...) bien pudieran haber sido integrantes de un grupo paramilitar. Como pude me escaqueé al baño de nuestra habitación a cambiarme, en un intento estúpido por conservar mi dignidad, que quedaría pisoteada al cabo de a penas dos minutos, por las finas ruedas de aquella silla que empujaban a toda prisa por el pasillo del hospital, mientras yo intentaba sujetar esa especie de servilleta azul a la que pretenden llamarle bata. Desnuda. No me dejaron llevar mis zapatillas de reno para completar la escena, y eso que era Navidad.

Fueron siete horas de espera y dolores, de las que solo recuerdo que lo único que echaba de menos eran mis renitos del oysho, porqué aún cableada a dos bandas lo único que me quitaba el dolor era estar de pié doblada sobre mi misma y ese suelo era un iceberg de gres feo. Aunque de poco valieron las horas en aquella sala soviet (que dicho ya de paso necesitaba un poco de amor decorativo) porqué desde las nueve de la noche anterior hasta las tres del mediodia: 3 cm. ?. Me iban a hacer una cesárea, y todos mis planes se iban por el mismo sitio por el que empezó toda esta historia.

Percentil 94, no se equivocaron. No quería salir y estaba pegadito a mis costillas como esos a quién se tiene que barrer al cierre de una disco. Me estrujaron como a un flash de lima y por fin bajó. Le oí llorar, y ahí, con las carnes abiertas, vestida de papel y con el gorro profiláctico menos favorecedor ever lloré. Sollocé, lloré mucho, mucho, muchísimo porqué me parecío increíble que ese bebé tan bonito acabase de salir de mi cuerpo.  

Lo imperfecto de un parto por cesárea no es el bisturí, es que tengas que pasar sin tu cachorro sus primeras horas de vida. Aunque si os soy sincera, me tiré tres horas en reanimación, mientras recuperaba el sentir de mi cuerpo, con cara de profunda gilip***as, porqué la sonrisa requiere de muchos músculos, pero esos los podía controlar.

Al final no fué parto natural, ni pude dar el pecho, ni porteo, ni natación y no he conseguido meterme en mis vaqueros (aunque cada vez queda menos). Duermo poco, voy estresada, me corté la melena y rezo por ahorrar para comprarme una roomba que nos devuelva miguitas de tiempo, pero -y aquí el pero tiene que ser una pausa dramática- tenemos motivos para hacer el caballito por casa, para poner voz de idiota a tope de hélio todas las horas que queramos y nadie me mira raro si voy cantando por la calle mientras empujo su cochecito. Además nos quedan cosas tan guais como pintarnos la cara con ceras, colarnos con él en las camas elásticas, hacer guerras de agua o dar nuestros primeros paseos en bici.

Cada día somos más padres, estamos menos cuerdos y tenemos más tonificados todos esos músculos que se necesitan para sonreír.






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